De mi amor por las letras

(Un cuento que habla de mí)

No recuerdo con exactitud cuándo comenzó mi romance con las letras, sólo sé que resultó fácil. Mi curiosidad por ellas fue muy precoz y aprendí a leer a los tres años.

 

Pero no comencé leyendo libros infantiles, sino periódicos. Los niños aprenden por imitación, así que hice lo que mi padre hacía. Aún recuerdo el nombre del diario: "El Noticiero Universal". (No lo busques, ya no existe).

Mis primeras lecturas fueron siempre del tipo "pandilla de adolescentes corre una aventura"; Enid Blyton fue mi autora favorita durante años. También me fascinaban esos libros del tipo "escoge tu aventura", en los que solía volver atrás para tomar otro camino cuando no me gustaba el final. Todavía hoy prefiero los finales felices. El caso es que fue entonces, alrededor de los siete años, cuando pensé por primera vez "algún día seré escritora, algún día escribiré libros". Algún día.

En mis años de secundaria solía escribir las redacciones de mis amigos. Estaba encantada con cada oportunidad de escribir y ellos aún más encantados de que alguien les hiciera los deberes. Recuerdo sentarme a redactar y disfrutar con ello. Así de fácil. También recuerdo llevar esos mundos imaginarios a la realidad: a los 11 años dije a mis amigos que había cambiado mi nombre, Mónica, por Janet. Janet era mi personaje favorito en "Los siete secretos" –de nuevo Enid Blyton. No pude mantener la mentira mucho tiempo, como puedes imaginar. Sin embargo, creo que este fue mi primer intento con la ficción y de verdad pensé que todo el mundo me creería.

 

Ser escritora nunca ha sido una profesión real para mi familia. Sus palabras siempre fueron "escribir está bien, pero mejor búscate un trabajo". Por eso fui a la universidad, me gradué en Periodismo y encontré un trabajo de periodista… y un nuevo reto. Deja que te explique.

 

En mi último año en la universidad descubrí el diseño editorial y me noqueó. Era un mundo nuevo para mí, siempre dispuesta a aprender. Descubrí que las letras impresas que me fascinaban de pequeña en el periódico de mi padre, se llamaban tipografías. De repente las letras no sólo podían ser leídas, sino que además podían ser diseñadas. Así que me gradué… y me fui a Nueva York con el propósito de aprender más sobre diseño editorial, tipografías y todo eso.

 

Mi vida profesional siempre se ha movido entre la escritura y el diseño, porque no sabía qué me gustaba más. Trabajaba como periodista freelance y a la vez como diseñadora editorial en la redacción. Con el tiempo llegaría a ser directora de Arte de varias publicaciones, en España y en Suiza. Sin embargo, lo que para cualquier diseñador sería un éxito, resultó el principio del fin para mí. ¿Sabes por qué?

 

Porque en el fondo de mi mente, como susurradas por Pepito Grillo, seguían esas dos palabras: "algún día". Así que un día decidí que precisamente ese día era tan bueno como otro cualquiera para empezar a escribir ficción y comencé mi primera novela. Pero trabajar muchas horas durante mi jornada laboral y además escribir por las noches pronto fue demasiado y casi termino con un burn-out. Fue más o menos entonces cuando conocí a mi marido.

 

Durante un año voló cada viernes a Barcelona para pasar juntos el fin de semana. Al final de esos doce meses me pidió que viviéramos juntos y me trasladé a Zúrich. Por amor, claro, pero no sólo por eso: era una oportunidad para dejar mi trabajo y centrarme en llevar mi novela hasta el final. En el proceso decidimos tener un bebé y nació nuestra hija. Terminé la novela. Y lo confieso: el día que escribí la palabra "Fin", lo que sentí en ese instante, fue satisfacción, orgullo y poder. Aquellas 312 páginas eran algo real, tangible, y no sólo un sueño. Podía hacerlo. Ya nunca jamás podría parar de escribir.

 

Así que ahí estaba yo, con una novela terminada y preguntándome "¿y ahora qué hago?". Encontré una agente literaria a la primera –una mujer entusiasta– y varias editoriales mostraron interés por el manuscrito… pero no ocurrió nada. No conseguí publicar mi novela: el mundo editorial es complicado y a mí me quedaba mucho por aprender.

 

Sin embargo, no importa. Porque desde esa primera vez que escribí "Fin", no puedo sino perseguir ese momento poderoso. Esta es la razón por la que sigo escribiendo: para llegar al fin, a ese final feliz que siempre he amado. El final feliz de mi romance con las letras.

 

Monica Subietas