"La pluma es más poderosa que la espada". –Edward Bulwer-Lytton, "Richelieu", 1839.

Mónica Subietas (Barcelona, 1971).

 

Nací en la ciudad de los prodigios, donde cualquier cosa es posible; quizá por eso mi perfil profesional es triple: soy escritora, periodista y diseñadora. Lo escribo en este orden porque sucedió así, aunque al final todo sea comunicación.


No recuerdo con exactitud cuándo comenzó mi romance con las letras, sólo sé que resultó fácil. Mi curiosidad por ellas fue muy precoz y aprendí a leer a los tres años, aunque, al contrario de lo que suele ocurrir, no comencé leyendo álbumes ilustrados, sino un periódico. Los niños aprenden por imitación, así que hice lo que mis padres hacían. Aún recuerdo la cabecera, escrita en unas letras verticales que parecían salidas de un cartel del salvaje oeste, aunque en lugar de “Wanted” ponía El Noticiero Universal.

 

Tras los periódicos llegaron los libros. Mis lecturas infantiles fueron siempre del género "pandilla de adolescentes detectives” y Enid Blyton era mi autora favorita. También me fascinaban las historias que permitían escoger aventura, en las que solía volver atrás para tomar otro camino cuando no me gustaba el final. Admito que en eso no he cambiado nada: aún hoy prefiero los finales felices. El caso es que fue entonces, alrededor de los siete u ocho años, cuando pensé por primera vez “algún día seré escritora; algún día escribiré libros”. Algún día.


A los 11 crucé la línea que separa lo real de lo irreal: dije a mis amigos que había cambiado mi nombre, Mónica, por Janet. Janet era mi personaje favorito de la colección Los siete secretos y la protagonista de algunas de las historias que comenzaba a escribir. No pude mantener la mentira mucho tiempo, pero ese fue mi primer intento con la ficción y de verdad pensé que todo el mundo me creería.


Durante la adolescencia mi vocación narrativa fue tomando cuerpo y descubrí casi a la vez a Mercè Rodoreda, a Francis Scott Fitzgerald y a Bruce Springsteen –sí, entiendo que otorgasen el Nobel de Literatura a Dylan–. Aprovechaba cada oportunidad para escribir y me encantaba hacer las redacciones de mis amigos; ellos, por supuesto, estaban aún más encantados de que alguien les hiciera los deberes. Sin embargo, ser escritora no era una profesión real para mi familia: “Escribir está bien, Mónica” –me decían–, “pero de eso no se vive".


Por suerte llegó Lou Grant para contradecirles. Lou me marcó el rumbo: estudié Periodismo y me especialicé en fotoperiodismo y reportaje social. Me sentía como Dorothy hacia Oz cuando de repente apareció un desvío inesperado en mi camino de adoquines dorados. En el último año de Universidad, un profesor entusiasta me descubrió el diseño de publicaciones y aprendí que los caracteres impresos que me fascinaban de pequeña en el periódico de mis padres se llamaban tipografías. De repente las letras no solo podían ser leídas, además podían ser diseñadas. Fascinada por aquel nuevo mundo, decidí añadir otra especialización a mi perfil y me mudé una temporada a Nueva York para aprender Diseño Editorial en la School of Visual Arts.


Durante 15 años el diseño de revistas se convirtió en mi ocupación principal, aunque continué ejerciendo el periodismo como freelance. Trabajar con el horario loco de una redacción no dejaba lugar para mi sueño infantil de convertirme en autora, por ello traté de silenciar mi atracción por la ficción. Fue en vano, pues en el fondo de mi mente, como susurradas por Pepito Grillo, continuaba escuchando las dos palabras que me repetía de niña: algún día.


Finalmente, al cumplir los 36 decidí que ese día había llegado y comencé a escribir una historia que me rondaba la cabeza y que terminaría convirtiéndose en mi primera novela. Muchas cosas sucedieron en el proceso.


Una tarde quedé con amigos en el bar más conocido de Barcelona: el café Zúrich. Uno de ellos trajo por sorpresa a un colega suizo –¡de Zúrich!– que se convirtió en mi marido dos años después. Nos instalamos en Suiza y comencé a colaborar como periodista y diseñadora freelance en publicaciones helvéticas. Mientras aprendía alemán, me centré en terminar mi novela. El punto final llegó poco después de convertirme en madre. Y lo confieso: el día que escribí la palabra "Fin" me sentí como si hubiera conseguido una cura para el síndrome de Rett. Aquellas 312 páginas eran algo real, tangible, y no sólo un sueño. Podía hacerlo.

 

Y ya no puedo dejar de hacerlo. Porque desde ese primer "Fin", no puedo sino perseguir ese momento poderoso. Esta es la razón por la que sigo escribiendo: para llegar al fin, a ese final feliz que siempre he amado. El final feliz de mi romance con las letras.

 

Desde entonces ejerzo mi triple perfil de escritora, periodista y diseñadora sin necesidad de hacer malabares. Como decía al principio, todo es comunicación.

 

Mónica Subietas